Los seres humanos están ahí, eso es innegable. Van de un sitio a otro, llenan las ciudades. A veces creemos escuchar su rumor y los echamos de menos. A veces querríamos incluso abrazarlos y librarlos de todo mal. Esa es nuestra grandeza. Pero a la vez esa es también nuestra miseria. Porque si por una parte estamos inclinados al amor y a la bondad, por otra estamos condenados, no es ningún secreto, a la frustración constante de ese amor y al ultraje constante de esa patética bondad.
Para evitar la condena, que viene a ser lo mismo que protegernos del sufrimiento, firmamos un contrato con la incredulidad, con la distancia o con la huida. Porque a menudo se considera oportuno mantener cerradas las puertas que dan acceso al mundo de los sentimientos. Ya que de ese modo no se deja opción alguna a que las heridas del amor alteren ese equilibrio que cada cual ha ido construyendo.
Ahora bien. Podemos ir más lejos en nuestro desencantamiento, y también recurrir a despojarnos por completo de todo tipo de vínculo con el entorno que nos vio crecer, con las relaciones y con el peso de los recuerdos. Ello puede representar una dolorosa experiencia, pero experimentar en el dolor puede permitirnos, en el momento más insospechado, por cualquier hecho casual, traspasar la niebla.
...Y descubrir un nuevo camino, una nueva oportunidad. Aquella que va del vacío hasta una nueva forma de amor, más limpia. Aún huyendo de las emociones
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