
Todos queremos después de un día duro de trabajo volver a casa y poder andar descalzos, tomarnos un baño o simplemente tirarnos en la cama. “Dulce hogar” pensamos nada más introducir la llave en la cerradura sabiendo lo que encontraremos al otro lado, esa sensación de calma que nos produce “sentirnos en casa”.
Es difícil tener una y ninguna. Siempre hemos vivido en un espacio físico llamado casa que nuestros padres crearon para nosotros y dónde al ir creciendo formó parte de nosotros. Nuestro hogar, un hogar no creado por nosotros sino por dos personas que un día decidieron estar juntas y formar una familia.
Esas paredes rebosan de tu olor, retumban tus palabras y contienen recuerdos desde tu almohada hasta tu armario pasando por todo un cúmulo de cosas en la llamada habitación (tú).
Pero cuando comienzas a caminar esa casa que hasta entonces era tu refugio, tu soporte en la vida, pasa a ser la casa dónde cohabitas los fines de semana y en vacaciones. Sales al mundo y empiezas a crear algo que se parece a una casa, formado por personas con las que vives día a día y que ya no son parte de tu familia, de esa que te ha ido criando desde pequeño. Y ahora tu olor, tu ropa y tus libros se dividen. Pero todo permanece intacto en aquella habitación de “tus padres”.
Y sigues creciendo…
Y de repente un día vuelves a “tu casa” tras meses fuera, esa casa de la que te apropiaste aunque fuera la de tus padres, porque ellos fueron los creadores de ese hogar y ves que sigue allí, pero no es la misma. No ha cambiado la decoración y mucho menos tus cosas que tu madre mantiene intactas para que te sientas cómoda cuando vuelvas. El que ha cambiado eres tú, ahora vuelves a la casa de tus padres, pero no a tú casa.
Pasas el día a día en un mini habitáculo que has acomodado para que sea tu casa, donde has compartido cosas por ti misma sin que nadie decidiera que ocurría por ti. Decidiste que preferías las alfombras naranjas y que los botes de la pasta van en el segundo estante. Y decidiste que no existe nada mejor que volver a casa y abrazar a la persona que quieres porque entonces tu habitáculo se convierte en hogar, ese hogar que ahora tú has empezado a crear, ese que tus padres también crearon y del que formas parte pero no es tuyo, sino suyo.
Ahora entiendes que no importan las paredes ni el color de las cortinas y que sentirse en casa es mucho más que eso. Comprendes que podrás volver mil veces a casa de tus padres a disfrutar de ellos, incluso podrías vivir allí, pero no es tu sitio. Tampoco lo es el habitáculo donde vives a diario en el que puedes llegar a sentirse extraña en ocasiones, y dónde aun no está tu huella en el parqué.
Creas tu CASA junto a la persona que quieres y al cruzar la puerta da igual lo que pasé ahí fuera, lo horrible que haya sido el día ni lo agotado que estés porque ya estás en CASA. Puedes eliminar el maquillaje que oculta tus ojeras, caminar descalza, en camiseta y quejarte del país entero. Sientes tranquilidad y no hay que hablar porque tu CASA entiende el lenguaje de tus miradas y muecas.
Y no se trata de tener un espacio físico con llaves que pongan “CASA” para llenarlo de montones de cajas y cuadros en las paredes. Es un vínculo, es una sensación de desnudez absoluta ante alguien, es una unión que no está echa de yeso y ladrillos.