lunes, 2 de agosto de 2010

darling...

Nos asusta necesitar de alguien. Nos gustaría ser autosuficientes, aunque comprobar que solos no podemos con todo es tan importante como reconocer que no debemos depender de los demás en cada uno de los detalles de nuestra existencia. La decisiva autonomía personal es un signo de libertad, quizás madurez, ya que necesitar no es es exactamente depender.

Quizás amar es necesitar de alguien sin exactamente necesitarlo. No es la necesidad la que ha de mover el generoso querer, porque asumir que precisamos de alguien no es ningún signo de impresentable interés. Somos seres necesitados, y lo somos siempre, no sólo en los momentos más difíciles de nuestra existencia. Cambiamos de necesidades. Las hay fundamentales, decisivas, elementales, determinantes e incluso somos capaces de inventárnoslas, de crearlas, de incrementarlas o reducirlas.

Pero ojo, no hemos de confundir el valernos de nosotros mismos con ignorar que con los otros se acrecientan nuestras posibilidades. Los desconcertante es que, en ocasiones, precisamos de alguien singular, irremplazable, insustituible, no porque todos únicos sino por ser él, por ser ella.

Necesito de ti. No me engaño pensando que es normal requerir de alguien. No eres alguien, eres tú. Si no estás, todo es diferente, todo es peor. Ni respiro igual, ni me divierto tanto. Más aún, ni si quiera la vida me parece para tanto. Y es que cuando estás conmigo me siento más decidida, más fuerte, más comprensiva con los otros y menos exigente (o al menos de manera diferente) conmigo misma. Crezco.

Y es que verás, no es que tu presencia me venga bien, es que sin ella no vivo. A tú lado me desvivo más por todo, y eso me parece paradojicamente vivir. Y mis convicciones se confirman y esponjan y mi humor tiene sentido, y mi cuerpo se sobrelleva a sí mismo. Y ya no busco excusas, sino razones. Me despierto cada mañana dispuesta a todo y nada me asusta.

No es que me hagas falta, es que deseo que me ocurra lo que me pasa, que sin ti me falta todo.

Creci-end-o

Y así acabó todo, con cajas llenas de apuntes y fotos de tres años en que la unica protagonista fuí yo misma. Pasos y pasos que vamos dando desde que aprendemos andar y ya empiezan las dificultades. Gateabamos por el suelo para ponernos en pie y una vez ergidos echar mano de lo que nos rodeaba para sujetarnos y mantener la estabilidad y así sigue siendo siempre.

Ya de niños volvemos a caernos de culo como cuando llevabamos un mullido pañal, pero mamá siempre nos levanta y dice eso de ¡venga arriba!. Como adultos seguimos cada día levantandonos y cayendo para volver a sujetarnos en nuestros apoyos y seguir. Los apoyos cambian y los motivos por los que caer también, ¿entonces nosotros también lo hacemos? No, quizás simplemente perfeccionamos y añadimos apartados a nuestro mundo interior.Tomamos las riendas de nuestra vida para seguir dando pasos, empezar, terminar y continuar siempre.

Un sueño cumplido, una satisfación enorme de concluir pero poder continuar. Otro reto, otro paso, otra meta...tan necesario como respirar porque sin esos pasos que vamos dando por la vida en todos los aspectos no iriamos madurando y creciendo, ellos nos hacen estar en multitud de situaciones, superarlas, salir ilesos o magullados pero enriquecidos.

Manos que me sujetaron en pañales y aun hoy siguen, GRACIAS... a los que siempre estuvieron, a los que me dejaron entrar en sus vidas durante tres años importantes de la mía, a los que se fueron y me dejaron sabios consejos, a quienes me hicieron sonreir en buenos y malos momentos, pero sobre todo a quienes me hicieron llorar, esas lágrimas con las que supe que el dolor no era más que un transito para poder aprender y gracias a ellos darme cuenta que no valían la pena y poder valorar después quienes llegaron, quienes estaban y si valían todo mi sacrificio, atención y amor.

El camino no se detiene, no, ahora continua con paso firme y cabeza alta. Continuar en un camino donde ahora no eres el bebé que gatea y un día se levanta, sino, la mano donde ese bebé se apoye.