Como en una dura batalla, tras una enorme desolación toca reconstruir todo aquello que el gran monstruo destruyó a su paso. Así se sentía Lucía en aquel preciso instante en el que un gran vacío se apoderaba de ella como la casa que acababa de dejar tras sus pasos. Una casa llena de recuerdos, vivencias y soplos de felicidad.
Siempre le gustó vivir cerca de la mirada de la mar, su eterna confesora y bebedora de sus lacrimógenas tardes. ¿Pero realmente había sido feliz en aquel lugar? Ahora a sus 72 años era algo que se solía repetir, sin encontrar respuesta aparente. Demasiados tragos amargos le traía el pasado, ahora solo deseaba morir en paz junto a quien verdaderamente siempre supo entenderla, un amor de juventud a quién nunca le pronunció el discurso que noche tras noche se preparaba. Tan sólo dos palabras, pero demasiado difíciles, “te amo”.
Volvió a encogérsele el corazón como la primera vez que lo vio, cuando tras la esquina apareció caminando por la acera que tantas veces había recorrido ambos. Su envejecido rostro aun guardaba la belleza de antaño, mostrando ese delicado gesto dulce e irónico que tanto le gustaba y una misteriosa mirada, en unos ojos cansados de recorrer mundo. El chico que la enamoró ahora parecía entender su mirar, entender el “Te amo” que ella jamás pronunció.
Sin darse cuenta, Lucía entrecerró los ojos y enseguida comenzó a recordar ¿estaba soñando o en realidad había despertado ahora?
Restregándose sus ojos color miel admiró aquel lugar dónde se encontraba, un maravilloso parque lleno de niños, era el parque de al lado de… ¡su casa! Extrañada observó que su rostro no tenía más de 22 años ¡no podía ser! Giró la cabeza y vio como al principio de la calle Ángel corría hacia ella apresurando cada vez más el paso en cuanto la divisó. Lucía sonrió y espero su llegada.
- ¿Dónde estabas? – pronunció inmediatamente Ángel.
- Creo que… me he… dormido… no sé he tenido un sueño muy extraño… yo… ¡tenía canas! era una viejecita y tú… caminabas hacia mi por esta misma calle como ahora, es una locura ¿verdad?
Entre carcajadas se perdieron por el medio del parque…
Cuando Lucía regresó a casa, como muchas noches acompañada por su joven y apuesto amigo, dos tímidos besos y un hasta mañana quedaron suspendidos en el aire sin más. Se sentía feliz pero a la vez algo triste o quizás resignada. Quitándose el vestido sonrió al ver la mancha del helado que Ángel le había caído esa misma tarde. Le quería tanto y era tan importante en su vida… De puntillas cogió un cuaderno morado que estaba en el altillo de su armario.
Al abrirlo se desprendía de él un aroma a violetas y libertad… casi repletas sus páginas aun las últimas permanecían en blanco. Casi dos años escribiendo pensó Lucía ¿Qué pensaría yo hace dos años? ¿En este mismo día? Así decidió releerlo…
Al abrir los ojos, estaba sentada en su vieja mecedora en medio del salón, levantó las manos y comprobó como de nuevo allí estaban sus arrugados y huesudos dedos. ¿Pero que me ocurre? Pensó desconcertada. Sus palabras en voz alta llegaron a oídos de quien se encontraba en la habitación contigua. Una joven de cabello azabache y grandes ojos negros, quien salió de la cocina rápido.
- ¿Qué ocurre abuela? – preguntó la joven.
Estupefacta Lucía decidió no pensar en ello
- No te preocupes cariño, estoy bien. Huele bien en la cocina…
- He preparado un exquisito pastel por tu cumpleaños ¿recuerdas? ¡Es hoy!
La anciana no comprendía nada, tenía la sensación de estar viviendo su vida dos veces, en dos tiempos diferentes y ¿porque Ángel siempre aparecía en ambas?
Pidió a su nieta que le trajera su viejo blog morado, quizás leyéndolo encontraría algunas respuestas. Retiró la capa de polvo que lo cubría y lo abrió cuidadosamente. Cada una de aquellas amarillentas y empolvadas páginas le hacía sentirse más cerca de sus sentimientos de juventud. Realmente supo plasmarlo todo, todos aquellos momentos que su ahora algo torpe memoria podía recordar.
Durante mucho tiempo había estado enamorada de alguien a quien nunca fue capaz de demostrarle que sentía. Que quería vivir siempre a su lado, que cada amanecer su imagen era lo primero que le hacía sonreír, que le amaba. Aquellas hojas eran sus únicas confidentes de aquel amor que nació en ella sin apenas darse cuenta, calando poquito a poco en sus pensamientos y en su ser.
Había descubierto multitud de cosas a su lado, sentimientos inimaginables, sensaciones maravillosas. Se había descubierto a si misma, guiándola por recovecos que desconocía de sí, haciéndola feliz y porque no haciendo que se enamorara de esos ojos. Todo ello bajo el más absoluto silencio por miedo a perderle. Siempre esperando el momento idóneo, siempre dejando que el tiempo hiciera su trabajo…enamorándose cada día más.
Otros hombres pasaron por su vida, pero nadie como él. Puro galán, creador de sus más bellas obras, embriagador mirar, ojos color miel. ¿Pero que era lo que hacía tan especial? Durante mucho tiempo se lo había estado preguntando sin tener más repuesta que los latidos de su corazón cuando estaba a su lado.
Una lágrima corrió la tinta de la hoja que Lucía leía concentrada. Se limpió la mejilla y cerró de golpe el blog. No quería leer más, aquello formaba parte del pasado. Pensado en ello se quedó dormida en un profundo sueño…
- ¿Lucía? ¡Lucía despierta! A tales gritos esta despertó inmediatamente.
- ¿Qué ocurre?
Frente a ella vio a un joven moreno de dulces ojos y sorprendido tras su raro despertar.
- ¿Qué ocurre cariño? – le preguntó.
- ¿Me he quedado dormida? - pregunto esta extrañada.
- Me temo que sí – sonrió el apuesto joven.
¿Pero que hacía Ángel allí? Mientras se preguntaba a si misma como podía ser, percibió que algo brillaba en su dedo. Era una alianza de oro…y él tenía otra en su dedo…
- ¿Te encuentras bien de verdad Lucía? – dijo Ángel, quien no había parado de mirarla desde que despertó de su particular sueño.
- Si, tan solo miraba nuestras alianzas – balbuceo con la mirada perdida.
- ¡Oh, mi amor! Sabes cuanto te amo y lo feliz que me hiciste el día que te casastes conmigo.
Atónita creyendo estar en su más dulce sueño Lucía se limitó a sonreír, llenándosele la cara de la felicidad más absoluta y besándolo sin parar.
Algo extraño le estaba ocurriendo, era como recordar su vida en las etapas más cruciales para volver siempre a su ancianidad, pero… ¡eso no tenía sentido! Así pasó toda la noche… intentando sin conseguir dormir descifrar aquel misterio que en realidad no tenía ni pies ni cabeza. Miró a Ángel que dormía placidamente, si se lo contaba creería que estaba loca. Tantas emociones la hicieron caer rendida, quedándose dormida abrazada a su amado.
No sabía que le estaba pasando desde hacía un par de semanas pero hoy había despertado en su hogar y con su marido, así que ¿para que darle importancia? Vivía con el hombre con el que había soñado toda su vida, no necesitaba nada más. Esta idea se fue borrando de su mente, había algo que no iba bien…
- Has vuelto a quedarte dormida abuela – sonrió la joven al mismo tiempo que la ayudaba a levantarse de la mecedora.
Otra vez allí, con sus 72 años…y hacía unos instantes acababa de amanecer en brazos de Ángel… Empezaba a comprender que aquella era la realidad y sus devaneos tan sólo sueños de épocas pasadas.
Recordó entonces el brillo de su alianza de casada… ¡pero ya no estaba allí, en su dedo! Es más, nunca me casé con Ángel, dejé de verle tras unos años y luego apenas supe nada de él – pensaba desorientada. Definitivamente estaba perdiendo memoria y hasta la cabeza.
¿Te importaría traerme de nuevo mi blog pequeña? ¡Ah! y aquellos álbumes de fotos por favor – dijo entrecortadamente a su nieta.
- Claro que no abu, toma – iré al jardín para dejarte leer a solas.
Las últimas hojas escritas hacía muchísimos años tenían una constante reflexión ¿Y si elijo mal y es el hombre de mi vida? Le amo, pero me aterra decírselo y perderle.
Ojeando los álbumes revivió su juventud junto a Ángel, su posterior boda con Rubén un marido ejemplar, el nacimiento de su pequeña Sofía… Ahora lo entendía todo… simplemente su respuesta se estaba contestando sola.
Las elecciones en la vida eran eso opciones de poder ganar o perder, de equivocarse o acertar, 50 % de posibilidades, frente a dos caminos sin saber nunca cual coger y a donde nos llevará cada uno de ellos.
Lucía, cumplía su 73 cumpleaños ese mismo día, una vida dónde Ángel fue aquel amor de juventud que nunca olvidará porque le amo desde el primer día que le conoció y supo que algo de ese chico le atraía, pero sin embargo decidió vivir en silencio. Rubén, en cambio fue su compañero de viaje durante muchos años, junto a su pequeño tesoro y mayor ilusión de su vida.
Nunca sabría que paso, que sería de su vida si hubiera elegido otro camino, otra decisión, pero había aprendido que el futuro es tan incierto como nosotros a veces queremos que sea, tan incontrolable en la medida que cojamos las riendas y lo guiemos. Hoy había aprendido que la felicidad residía en cada uno de esos momentos imborrables que vivió, sin importar el como y el cuando, tan solo formando parte de su existencia. Hoy había comprendido que amaría a su compañero de vuelo, a Ángel, para siempre pero que la vida le dio una oportunidad de ser feliz de nuevo junto a un hombre maravilloso.
domingo, 19 de abril de 2009
tormenta/calma
Dicen que cuando estás triste te haces más pequeño. Cuando los azares de la vida nos pasan por encima y no podemos hacer nada por detenerlos, cuando nos sentimos engañados o cuando nuestras expectativas sobre algún tema en concreto no se ven cubiertas a menudo nos encerramos en nuestra habitación y, tumbados sobre la cama, encogemos las piernas y nos abandonamos al llanto. La pena nos encoge y así, en esa postura que evoca el retorno a la madre parece que nuestra desolación está más cómoda. Pero también se da el caso contrario, que no seamos nosotros los que nos replegamos, sino que el mundo se agrande hasta lograr un tamaño descomunal, sórdido, deshabitado. Aún rodeados de gente nos sentimos solos en medio de un vacío capaz de agarrarte el alma con su mano fría y apretarla con tal fuerza que a veces nos falta el aire. Lo peor de todo es que incluso si la causa de nuestro dolor desaparece la recuperación del ánimo no es inmediata. Hace falta tiempo…
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