Te has vuelto un autómata, un robot lleno de cables de colores, que sonríe al presionar su preciosa tecla azul, camina en la verde y respirar con la amarilla. A menudo las piezas suelen desatornillarse pero no importa solo hace falta una herramienta para un simple brazo o una pierna nueva camine en su rigidez. El frío metal lo recubre y es realmente resistente a golpes y porrazos debido a que el fuselaje ya combatió en otras batallas.
Plaf! ¿Qué ocurre? No es la alarma… hay silencio… sin embargo ya no sientes el frío de tu acero, ni las teclas de sentimientos prefabricados. Hueles de nuevo aromas a tierra mojada, a rutina incluso, a noches estrelladas, puedes medir el paso de los minutos que no recordabas que pasaran tan deprisa y algo se está removiendo como un bebé en la inmensa barriga de su mamá.
A pesar del precioso fuselaje que tanto te ha cubierto, ahora no puedes mantenerlo… sientes la necesidad en ciertos momentos dejarlo atrás. Abismo… los pies se van deslizando como si hubiera hielo en el suelo donde solo es arena a la que tus pies no se agarran, intentando resistir. La vista es maravillosa, increíblemente bella y cuando cierras los ojos y la sientes es como volar, inmensa paz, ganas de querer más… pero ¡ábrelos! es una caída libre, un salto al vacío, las piezas saltaran por los aires y solo tu cuerpo de mortal será quién pueda volar o tropezarse ¿merece la pena?
Frialdad, racionalidad, sensatez… todas las alarmas de protección encima de la mesa ¿para que? Inevitablemente… esa es la palabra… inevitablemente no podemos dominarnos todo lo que quisiéramos, inevitablemente nos gusta el vaivén que nos produce ese subi-baja y a pesar de tener la alarma a punto de saltar y de ver el precipicio muy cerca, quieres impulsar tus pies con todas tus fuerzas y rozar las nubes con tus manos el mayor tiempo posible.
Piiiiiiiiiii… sabías que sonaría de nuevo algún día, pero prefieres ver su alertador sonido como una melodía necesaria para tu felicidad mortal ¿¿¿no???
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